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Yo
ignoro cuáles son las causas que lo determinaron al profesor
Hagenbuk a dedicarse a los naipes, en vez de volverse bizco en los
tratados de matemáticas superiores. Y si digo volverse bizco, es
porque el profesor Hagenbuk siempre bizqueó algo; pero aquella
noche, dejando los naipes sobre la mesa, exclamó:
-¿Ya apareció el espantoso
mal olor?
El olfato del profesor
Hagenbuk había siempre funcionado un poco defectuosamente, pero
debo convenir que no éramos nosotros solos los que percibíamos
ese olor en aquel restaurant de después de medianoche, concurrido
por periodistas y gente ocupada en trabajos nocturnos, sino que
también otros comensales levantaban intrigados la cabeza y
fruncían la nariz, buscando alrededor el origen de esa
pestilencia elaborada como con gas de petróleo y esencia de
clavel.
El dueño del restaurant, un
hombre impasible, pues a su mostrador se arrimaban borrachos
conspicuos que toda la noche bebían y discutían de pie frente a
él, abandonó su flema, y, dirigiéndose a nosotros -desde el
mostrador, naturalmente-, meneó la cabeza para indicarnos lo
insólito de semejante perfume.
Luis y yo asomamos, en
compañía de otros trasnochadores, a la puerta del restaurant. En
la calle acontecía el mismo ridículo espectáculo. La gente,
detenida bajo los focos eléctricos o en el centro de la calzada,
levantaba la cabeza y fruncía las narices; los vigilantes,
semejantes a podencos, husmeaban alarmados en todas direcciones.
El fenómeno en cierto modo resultaba divertido y alarmante,
llegando a despertar a los durmientes. En las habitaciones
fronteras a la calle, se veían encenderse las lámparas y moverse
las siluetas de los recién despiertos, proyectadas en los muros a
través de los cristales. Algunas puertas de calle se abrían.
Finalmente comenzaron a presentarse vecinos en pijamas, que con
alarmante entonación de voz preguntaban:
-¿No serán gases
asfixiantes?
A las tres de la madrugada
la ciudad estaba completamente despierta. La tesis de que el hedor
clavel-petróleo fuera determinada por la emanación de un gas de
guerra, se había desvanecido, debido a la creencia general en
nuestro público de que los gases de guerra son de efecto
inmediato. Lo cual contribuía a desvanecer un pánico que hubiera
podido tener tremendas consecuencias.
Los fotógrafos de los
periódicos perforaban la media luz nocturna con fogonazos de
magnesio, impresionando gestos y posturas de personas que en los
zaguanes, balcones, terrazas y plazuelas, enfundadas en sus
salidas de baño o pijamas, comentaban el fenómeno inexplicable.
Lo más curioso del caso es
que en este alboroto participaban los gatos y los caballos.
"Xenius", el hábil fotógrafo de "El Mundo"
nos ha dejado una estupenda colección de caballos aparentemente
encabritados de alegría entre las varas de sus coches y
levantando los belfos de manera tal, que al dejar descubierto el
teclado de la dentadura pareciera que se estuviesen riendo.
Junto a los zócalos de casi
todos los edificios se veían gatos maullando de satisfacción
encrespando el hocico, enarcado el lomo, frotando los flancos
contra los muros o las pantorrillas de los transeúntes. Los
perros también participaban de esta orgía, pues saltando a
diestra y siniestra o arrimando el hocico al suelo corrían como
si persiguieran un rastro, mas terminaban por echarse jadeantes al
suelo, la lengua caída entre los dientes.
A las cuatro de la madrugada
no había un solo habitante de nuestra ciudad que durmiera, ni la
fachada de una sola casa que no mostrara sus interiores
iluminados. Todos miraban hacia la bóveda estrellada. Nos
encontrábamos a comienzos del verano. La luna lucía su media hoz
de plata amarillenta, y los gorriones y jilgueros aposentados en
los árboles de los paseos piaban desesperadamente.
Algunos ciudadanos que
habían vivido en Barcelona les referían a otros que aquel
vocerío de pájaros les recordaba la Rambla de las Flores, donde
parecen haberse refugiado los pájaros de todas las montañas que
circunvalan a Barcelona. En los vecindarios donde había loros,
éstos graznaban tan furiosamente, que era necesario taparse los
oídos o estrangularles .
-¿Qué sucede? ¿Qué pasa?
-era la pregunta suspendida veinte veces, cuarenta veces, cien
veces, en la misma boca.
Jamás se registraron tantos
llamados telefónicos en las secretarías de los diarios como
entonces. Los telefonistas de guardia en las centrales enloquecían
frente a los tableros de los conmutadores; a las cinco de la
mañana era imposible obtener una sola comunicación; los hombres,
con la camisa abierta sobre el pecho, habían colgado los
auriculares. Las calles ennegrecían de multitudes. Los vestíbulos
de las comisarías se llenaban de visitantes distinguidos, jefes
de comités políticos, militares retirados, y todos formulaban la
misma pregunta, que nadie podía responder:
-¿Qué sucede? ¿De dónde
sale este perfume?
Se veían viejos comandantes
de caballería, el collar de la barba y el bastón de puño de
oro, ejerciendo la autoridad de la experiencia, interrogados sobre
química de guerra; los hombres hablaban de lo que sabían, y no
sabían mucho. Lo único que podían afirmar es que no se estaba
en presencia de un fenómeno letal, y ello era bien evidente, pero
la gente les agradecía la afirmación. Muchos estaban asustados,
y no era para menos.
A las cinco de la mañana se
recibían telegramas de Córdoba, Santa Fe, Paraná y, por el Sur,
de Mar del Plata, Tandil, Santa Rosa de Toay dando cuenta de la
ocurrencia del fenómeno. Los andenes de las estaciones hervían
de gente que, con la arrugada nariz empinada hacia el cielo,
consultaban ávidamente la fragancia del aire.
En los cuarteles se
presentaban oficiales que no estaban de guardia o con licencia. El
ministro de Guerra se dirigió a la Casa de Gobierno a las cinco y
cuarto de la mañana; hubo consultas e inmediatamente se procedió
a citar a los químicos de todas las reparticiones nacionales, a
las seis de la mañana. Yo, por no ser menos que el ministro me
presenté en la redacción del diario; cierto es que estaba con
licencia o enfermo, no recuerdo bien, pero en estas circunstancias
un periodista prudente se presenta siempre. Y por milésima vez
escuché y repetí esta vacua pregunta:
-¿Qué sucede? ¿De dónde
viene este perfume?
Imposible transitar frente a
la pizarra de los diarios. Las multitudes se apretujaban en las
aceras; la gente de primera fila leía el texto de los telegramas
y los transmitía a los que estaban mucho más lejos.
"Comunican que la ola
de perfume verde ha llegado a San Juan."
"De Goya informan que
ha llegado la ola de perfume verde."
"Los químicos e
ingenieros militares reunidos en el Ministerio de Guerra
dictaminan que, dada la amplitud de la ola de perfume, ésta no
tiene su origen en ninguna fábrica de productos tóxicos."
"La Jefatura de Policía
se ha comunicado con el Ministerio de Guerra. No se registra
ninguna víctima y no existen razones para suponer que el perfume
petróleo-clavel sea peligroso."
"El observatorio
astronómico de La Plata y el observatorio de Córdoba informan
que no se ha registrado ningún fenómeno estelar que pueda hacer
suponer que esta ola sea de origen astral. Se cree que se debe a
un fenómeno de fermentación o de radioactividad."
"Bariloche informa que
ha llegado la ola de perfume."
"Rio Grande do Sul
informa que ha llegado la ola de perfume."
"El observatorio
astronómico de Córdoba informa que la ola de perfume avanza a la
velocidad de doce kilómetros por minuto."
Nuestro diario instaló un
servicio permanente de comunicación con estación de radio;
además situó a un hombre frente a las pizarras de su
administración; éste comunicaba por un megáfono las últimas
novedades, pero recién a las seis y cuarto de la mañana se supo
que en reunión de ministros se había resuelto declarar el día
feriado. El ministro del Interior, por intermedio de las
estaciones de radios y los periódicos se dirigían a todos los
habitantes del país, encareciéndoles:
1° No alarmarse por la
persistencia de este fenómeno que, aunque de origen ignorado, se
presume absolutamente inofensivo.
2° Por consejo del
Departamento Nacional de Higiene se recomienda a la población
abstenerse de beber y comer en exceso, pues aún se ignoran los
trastornos que puede originar la ola de perfume.
Lo que resulta evidente es
que el día 15 de septiembre los sentimientos religiosos
adormecidos en muchas gentes despertaron con inusitada violencia,
pues las iglesias rebosaban de ciudadanos, y aunque el tema de los
predicadores no era "estamos en las proximidades del fin del
mundo", en muchas personas se desperezaba ya esta pregunta.
A las nueve de la mañana,
la población fatigada de una noche de insomnio y de emociones se
echó a la cama. Inútil intentar dormir. Este perfume penetrante
petróleo-clavel se fijaba en las pituitarias con tal violencia,
que terminaba por hacer vibrar en la pulpa del cerebro cierta
ansiedad crispada. Las personas se revolvían en las camas
impacientes, aturdidas por la calidez de la emanación repugnante,
que acababa por infectar los alimentos de un repulsivo sabor
aromático. Muchos comenzaban a experimentar los primeros ataques
de neuralgia, que en algunos se prolongaron durante más de
sesenta horas, las farmacias en pocas horas agotaron su stock de
productos a base de antitérmicos, a las once de la mañana, hora
en que apareció el segundo boletín extraordinario editado por
todos los periódicos: el negocio fue un fracaso. En los subsuelos
de los periódicos grupos de vendedores yacían extenuados; en las
viviendas la gente, tendida en la cama, permanecía amodorrada; en
los cuarteles los soldados y oficiales terminaron por seguir el
ejemplo de los civiles; a la una de la tarde en toda Sudamérica
se habían interrumpido las actividades más vitales a las
necesidades de las poblaciones: los trenes permanecían en medios
de los campos... con los fuegos apagados; los agentes de policía
dormitaban en los umbrales de las casas; se dio el caso de un
ladrón que, haciendo un prodigioso esfuerzo de voluntad, se
introdujo en una oficina bancaria, despojó al director del
establecimiento de sus llaves e intentó abrir la caja de hierro
en presencia de los serenos que le miraban actuar sin reaccionar,
pero cuando quiso mover la puerta de acero su voluntad se quebró
y cayó amodorrado junto a los otros.
En las cárceles el aire
confinado determinó más rápidamente la modorra en los presos
que en los centinelas que los custodiaban desde lo alto de las
murallas donde la atmósfera se renovaba, pero al final los
guardianes terminaron por ceder a la violencia del sueño que se
les metía en una "especie de aire verde por las narices"
y se dejaban caer al suelo. Este fue el origen de lo que se llamó
el perfume verde. Todos, antes de sucumbir a la modorra, teníamos
la sensación de que nos envolvía un torbellino suave, pero
sumamente espeso, de aire verde.
Las únicas que parecían
insensibles a la atmósfera del perfume clavel-petróleo eran las
ratas, y fue la única vez que se pudo asistir al espectáculo en
que los roedores, saliendo de sus cuevas, atacaban
encarnizadamente a sus viejos enemigos los gatos. Numerosos gatos
fueron destrozados por los ratones.
A las tres de la tarde
respirábamos con dificultad. El profesor Hagenbuk, tendido en un
sofá de mi escritorio, miraba a través de los cristales al sol
envuelto en una atmósfera verdosa; yo, apoltronado en mi sillón,
pensaba que millones y millones de hombres íbamos a morir, pues
en nuestra total inercia al aire se aprecia cada vez más
enrarecido y extraño a los pulmones, que levantaban penosamente
la tablilla del pecho; luego perdimos el sentido, y de aquel
instante el único recuerdo que conservo es el ojo bizco del
profesor Hagenbuk mirando el sol verdoso.
Debimos permanecer en la más
completa inconsciencia durante tres horas. Cuando despertamos la
total negrura del cielo estaba rayada por tan terribles
relámpagos, que los ojos se entrecerraban medrosos frente al
ígneo espectáculo.
El profesor Hagenbuk, de pie
junto a la ventana murmuró:
-Lo había previsto; ¡vaya
si lo había previsto!
Un estampido de violencia
tal que me ensordeció durante un cuarto de hora me impidió
escuchar lo que él creía haber previsto. Un rayo acababa de
hendir un rascacielos, y el edificio se desmoronó por la mitad, y
al suceder el fogonazo de los rayos se podía percibir el interior
del edificio con los pisos alfombrados colgando en el aire y los
muebles tumbados en posiciones inverosímiles.
Fue la última descarga
eléctrica.
El profesor Hagenbuk se
volvió hacia mí, y mirándome muy grave con su extraordinario
ojo bizco, repitió:
-Lo había previsto.
Irritado me volví hacia él.
-¿Qué es lo que había
previsto usted, profesor? -grité.
-Todo lo que ha sucedido.
Sonreí incrédulamente. El
profesor se echó las manos al bolsillo, retiró de allí una
libreta, la abrió y en la tercera hoja leí:
"Descripción de los
efectos que los hidrocarburos cometarios pueden ejercer sobre las
poblaciones de la Tierra."
-¿Qué es eso de los
hidrocarburos cometarios?
El profesor Hagenbuk sonrió
piadosamente y me contestó:
-La substancia dominante que
forma la cola de los cometas. Nosotros hemos atravesado la cola de
un cometa.
-¿Y por qué no lo dijo
antes?
-Para no alarmar a la gente.
Hace diez días que espero la ocurrencia de este fenómeno,
pero..., a propósito; anoche usted se ha quedado debiéndome
treinta tantos de nuestra partida.
Aunque no lo crean ustedes,
yo quedé sin habla frente al profesor. Y estas son las horas en
que pienso escribir la historia de su fantástica vida y causas de
su no menos fantástico silencio.
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-¡Diles
que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por
caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un
sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus
mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga
por caridad de Dios.
-No se trata de sustos.
Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver
allá.
-Anda otra vez. Solamente
otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso,
yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber
quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor
dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que
tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes
y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la
cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la
pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta
del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de
perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer
y de los hijos?
-La Providencia, Justino.
Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas
haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de
madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía
allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar
quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para
apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había
ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que
sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas
ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién
resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan
viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel
asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por
nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo
sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe
Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su
compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por
ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su
compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se
aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en
que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados
por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la
yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la
cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras
para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don
Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio
Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se
tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el
ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando;
aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin
poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y
volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una
vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal
más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo
la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son
inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
"Y me mató un novillo.
"Esto pasó hace
treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en
el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas
que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida
de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba
nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían.
Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito
que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y
se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la
cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero,
según eso, no lo está.
"Yo entonces calculé
que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don
Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos
todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de
pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos
parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener
miedo.
"Pero los demás se
atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y
seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me
avisaban:
"-Por ahí andan unos
fureños, Juvencio.
"Y yo echaba pal monte,
entreverándome entre los madroños y pasándome los días
comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche,
como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida .
No fue un año ni dos. Fue toda la vida."
Y ahora habían ido por él,
cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo
tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los
pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con
estar viejo. Me dejarán en paz".
Se había dado a esta
esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar
morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de
tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su
mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los
sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro
pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar
escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había
dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció
con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó
por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se
fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal
de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido
todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba
para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera
lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos
ahora.
Pero para eso lo habían
traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para
que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el
miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel
cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas,
acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se
lo dijeron.
Desde entonces lo supo.
Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de
pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el
ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches
de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que
le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el
corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no
podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna
esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza.
Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro
Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos
hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era
oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la
tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que
tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían
apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo
de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba
toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla
entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la
carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando
cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el
último.
Luego, como queriendo decir
algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles
que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he
hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se
quedaba callado. "Más adelantito se los diré",
pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus
amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes
eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en
cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera
vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo
parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa
tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba
comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo.
Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse
escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos
se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se
lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido
las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a
marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena
de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un
agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a
ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les
veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se
separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo
si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño
a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos
pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo.
Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía
nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún
otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras
casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos
por el color negro de la noche.
-Mi coronel, aquí está el
hombre.
Se habían detenido delante
del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por
respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre?
-preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi
coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha
vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá
adentro.
-¡Ey, tú! ¿Que si has
habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba
frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de
allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció
a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a
Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que
sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá
adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo-. Y
siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado
de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi
padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es
algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos
agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
"Luego supe que lo
habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey
en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y
que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba
agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
"Esto, con el tiempo,
parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es
llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo,
alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No
podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de
que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da
ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga
viviendo. No debía haber nacido nunca".
Desde acá, desde fuera, se
oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo
un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió
él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado
de viejo. ¡No me mates...!
-¡Llévenselo! -volvió a
decir la voz de adentro.
-...Ya he pagado, coronel.
He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de
muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como
un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me
matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos,
el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo
hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra.
Gritando.
En seguida la voz de allá
adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de
beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había
apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había
venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había
vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro.
Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer
por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no
diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron,
arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con
tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te
extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán
que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote
cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro
de gracia como te dieron.
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El
lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escobar, dentista
sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó
de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de
yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó
de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a
rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los
pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido,
enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la
situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas
dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de
resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no
pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación,
pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de las ocho hizo
una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos
pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa
vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo
volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo
sacó de su abstracción.
-Papá.
-Qué.
-Dice el alcalde que si le
sacas una muela.
-Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de
oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los
ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su
hijo.
-Dice que sí estás porque
te está oyendo.
El dentista siguió
examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los
trabajos terminados, dijo:
-Mejor.
Volvió a operar la fresa.
De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó
un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
-Papá.
-Qué.
Aún no había cambiado de
expresión.
-Dice que si no le sacas la
muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un
movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la
fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta
inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
-Bueno -dijo-. Dile que
venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta
quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la
gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la
mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía
una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos
muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de
los dedos y dijo suavemente:
-Siéntese.
-Buenos días -dijo el
alcalde.
-Buenos -dijo el dentista.
Mientras hervían los
instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la
silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un
gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y
una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con
un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que
el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió
la boca.
Don Aurelio Escobar le movió
la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada,
ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
-Tiene que ser sin anestesia
-dijo.
-¿Por qué?
-Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los
ojos.
-Está bien -dijo, y trató
de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de
trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del
agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después
rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las
manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el
alcalde no lo perdió de vista.
Era una cordal inferior. El
dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo
caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó
toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los
riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la
muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
-Aquí nos paga veinte
muertos, teniente.
El alcalde sintió un
crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de
lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela.
Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan
extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco
noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso,
jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo
en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
-Séquese las lágrimas
-dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba
temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el
cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de
araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las
manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El
alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo
militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin
abotonarse la guerrera.
-Me pasa la cuenta -dijo.
-¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró.
Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.
-Es la misma vaina.
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