(1900-1942)
La ola de perfume verde
Yo ignoro
cuáles son las causas que lo determinaron al profesor Hagenbuk a
dedicarse a los naipes, en vez de volverse bizco en los tratados de
matemáticas superiores. Y si digo volverse bizco, es porque el
profesor Hagenbuk siempre bizqueó algo; pero aquella noche, dejando
los naipes sobre la mesa, exclamó:
—¿Ya apareció el espantoso
mal olor?
El olfato
del profesor Hagenbuk había siempre funcionado un poco
defectuosamente, pero debo convenir que no éramos nosotros solos los
que percibíamos ese olor en aquel restaurant de después de
medianoche, concurrido por periodistas y gente ocupada en trabajos
nocturnos, sino que también otros comensales levantaban intrigados
la cabeza y fruncían la nariz, buscando alrededor el origen de esa
pestilencia elaborada como con gas de petróleo y esencia de clavel.
El dueño del restaurant, un hombre
impasible, pues a su mostrador se arrimaban borrachos conspicuos que
toda la noche bebían y discutían de pie frente a él, abandonó su
flema, y, dirigiéndose a nosotros —desde el mostrador,
naturalmente—, meneó la cabeza para indicarnos lo insólito de
semejante perfume.
Luis y yo
asomamos, en compañía de otros trasnochadores, a la puerta del
restaurant. En la calle acontecía el mismo ridículo espectáculo.
La gente, detenida bajo los focos eléctricos o en el centro de la
calzada, levantaba la cabeza y fruncía las narices; los vigilantes,
semejantes a podencos, husmeaban alarmados en todas direcciones. El
fenómeno en cierto modo resultaba divertido y alarmante, llegando a
despertar a los durmientes. En las habitaciones fronteras a la calle,
se veían encenderse las lámparas y moverse las siluetas de los
recién despiertos, proyectadas en los muros a través de los
cristales. Algunas puertas de calle se abrían. Finalmente comenzaron
a presentarse vecinos en pijamas, que con alarmante entonación de
voz preguntaban:
—¿No serán gases asfixiantes?
A las tres de la madrugada la
ciudad estaba completamente despierta. La tesis de que el hedor
clavel-petróleo fuera determinada por la emanación de un gas de
guerra, se había desvanecido, debido a la creencia general en
nuestro público de que los gases de guerra son de efecto inmediato.
Lo cual contribuía a desvanecer un pánico que hubiera podido tener
tremendas consecuencias.
Los fotógrafos de los periódicos
perforaban la media luz nocturna con fogonazos de magnesio,
impresionando gestos y posturas de personas que en los zaguanes,
balcones, terrazas y plazuelas, enfundadas en sus salidas de baño o
pijamas, comentaban el fenómeno inexplicable.
Lo más curioso del caso es que en
este alboroto participaban los gatos y los caballos. "Xenius",
el hábil fotógrafo de "El Mundo" nos ha dejado una
estupenda colección de caballos aparentemente encabritados de
alegría entre las varas de sus coches y levantando los belfos de
manera tal, que al dejar descubierto el teclado de la dentadura
pareciera que se estuviesen riendo.
Junto a
los zócalos de casi todos los edificios se veían gatos maullando de
satisfacción encrespando el hocico, enarcado el lomo, frotando los
flancos contra los muros o las pantorrillas de los transeúntes. Los
perros también participaban de esta orgía, pues saltando a diestra
y siniestra o arrimando el hocico al suelo corrían como si
persiguieran un rastro, mas terminaban por echarse jadeantes al
suelo, la lengua caída entre los dientes.
A las cuatro de la madrugada no
había un solo habitante de nuestra ciudad que durmiera, ni la
fachada de una sola casa que no mostrara sus interiores iluminados.
Todos miraban hacia la bóveda estrellada. Nos encontrábamos a
comienzos del verano. La luna lucía su media hoz de plata
amarillenta, y los gorriones y jilgueros aposentados en los árboles
de los paseos piaban desesperadamente.
Algunos
ciudadanos que habían vivido en Barcelona les referían a otros que
aquel vocerío de pájaros les recordaba la Rambla de las Flores,
donde parecen haberse refugiado los pájaros de todas las montañas
que circunvalan a Barcelona. En los vecindarios donde había loros,
éstos graznaban tan furiosamente, que era necesario taparse los
oídos o estrangularles .
—¿Qué sucede? ¿Qué pasa?—era la
pregunta suspendida veinte veces, cuarenta veces, cien veces, en la
misma boca.
Jamás se registraron tantos
llamados telefónicos en las secretarías de los diarios como
entonces. Los telefonistas de guardia en las centrales enloquecían
frente a los tableros de los conmutadores; a las cinco de la mañana
era imposible obtener una sola comunicación; los hombres, con la
camisa abierta sobre el pecho, habían colgado los auriculares. Las
calles ennegrecían de multitudes. Los vestíbulos de las comisarías
se llenaban de visitantes distinguidos, jefes de comités políticos,
militares retirados, y todos formulaban la misma pregunta, que nadie
podía responder:
—¿Qué sucede? ¿De dónde sale
este perfume?
Se veían viejos comandantes de caballería, el
collar de la barba y el bastón de puño de oro, ejerciendo la
autoridad de la experiencia, interrogados sobre química de guerra;
los hombres hablaban de lo que sabían, y no sabían mucho. Lo único
que podían afirmar es que no se estaba en presencia de un fenómeno
letal, y ello era bien evidente, pero la gente les agradecía la
afirmación. Muchos estaban asustados, y no era para menos.
A las cinco de la mañana se
recibían telegramas de Córdoba, Santa Fe, Paraná y, por el Sur, de
Mar del Plata, Tandil, Santa Rosa de Toay dando cuenta de la
ocurrencia del fenómeno. Los andenes de las estaciones hervían de
gente que, con la arrugada nariz empinada hacia el cielo, consultaban
ávidamente la fragancia del aire.
En los cuarteles se presentaban
oficiales que no estaban de guardia o con licencia. El ministro de
Guerra se dirigió a la Casa de Gobierno a las cinco y cuarto de la
mañana; hubo consultas e inmediatamente se procedió a citar a los
químicos de todas las reparticiones nacionales, a las seis de la
mañana. Yo, por no ser menos que el ministro me presenté en la
redacción del diario; cierto es que estaba con licencia o enfermo,
no recuerdo bien, pero en estas circunstancias un periodista prudente
se presenta siempre. Y por milésima vez escuché y repetí esta
vacua pregunta:
—¿Qué sucede? ¿De dónde viene
este perfume?
Imposible transitar frente a la pizarra de los
diarios. Las multitudes se apretujaban en las aceras; la gente de
primera fila leía el texto de los telegramas y los transmitía a los
que estaban mucho más lejos.
"Comunican que la ola de
perfume verde ha llegado a San Juan."
"De Goya informan
que ha llegado la ola de perfume verde."
"Los químicos e ingenieros
militares reunidos en el Ministerio de Guerra dictaminan que, dada la
amplitud de la ola de perfume, ésta no tiene su origen en ninguna
fábrica de productos tóxicos."
"La Jefatura de Policía se ha
comunicado con el Ministerio de Guerra. No se registra ninguna
víctima y no existen razones para suponer que el perfume
petróleo-clavel sea peligroso."
"El observatorio astronómico
de La Plata y el observatorio de Córdoba informan que no se ha
registrado ningún fenómeno estelar que pueda hacer suponer que esta
ola sea de origen astral. Se cree que se debe a un fenómeno de
fermentación o de radioactividad."
"Bariloche informa que ha
llegado la ola de perfume."
"Rio Grande do Sul informa
que ha llegado la ola de perfume."
"El observatorio
astronómico de Córdoba informa que la ola de perfume avanza a la
velocidad de doce kilómetros por minuto."
"Nuestro diario instaló un
servicio permanente de comunicación con estación de radio; además
situó a un hombre frente a las pizarras de su administración; éste
comunicaba por un megáfono las últimas novedades, pero recién a
las seis y cuarto de la mañana se supo que en reunión de ministros
se había resuelto declarar el día feriado. El ministro del
Interior, por intermedio de las estaciones de radios y los periódicos
se dirigían a todos los habitantes del país, encareciéndoles:
"1° No alarmarse por la
persistencia de este fenómeno que, aunque de origen ignorado, se
presume absolutamente inofensivo.
"2° Por consejo del
Departamento Nacional de Higiene se recomienda a la población
abstenerse de beber y comer en exceso, pues aún se ignoran los
trastornos que puede originar la ola de perfume."
Lo que resulta evidente es que el
día 15 de septiembre los sentimientos religiosos adormecidos en
muchas gentes despertaron con inusitada violencia, pues las iglesias
rebosaban de ciudadanos, y aunque el tema de los predicadores no era
"estamos en las proximidades del fin del mundo", en muchas
personas se desperezaba ya esta pregunta.
A las nueve de la mañana, la
población fatigada de una noche de insomnio y de emociones se echó
a la cama. Inútil intentar dormir. Este perfume penetrante
petróleo-clavel se fijaba en las pituitarias con tal violencia, que
terminaba por hacer vibrar en la pulpa del cerebro cierta ansiedad
crispada.
Las personas se revolvían en las camas
impacientes, aturdidas por la calidez de la emanación repugnante,
que acababa por infectar los alimentos de un repulsivo sabor
aromático.
Muchos
comenzaban a experimentar los primeros ataques de neuralgia, que en
algunos se prolongaron durante más de sesenta horas, las farmacias
en pocas horas agotaron su stock de productos a base de antitérmicos,
a las once de la mañana, hora en que apareció el segundo boletín
extraordinario editado por todos los periódicos: el negocio fue un
fracaso.
En los subsuelos de los periódicos
grupos de vendedores yacían extenuados; en las viviendas la gente,
tendida en la cama, permanecía amodorrada; en los cuarteles los
soldados y oficiales terminaron por seguir el ejemplo de los civiles;
a la una de la tarde en toda Sudamérica se habían interrumpido las
actividades más vitales a las necesidades de las poblaciones: los
trenes permanecían en medios de los campos...con los fuegos
apagados; los agentes de policía dormitaban en los umbrales de las
casas; se dio el caso de un ladrón que, haciendo un prodigioso
esfuerzo de voluntad, se introdujo en una oficina bancaria, despojó
al director del establecimiento de sus llaves e intento abrir la caja
de hierro en presencia de los serenos que le miraban actuar sin
reaccionar, pero cuando quiso mover la puerta de acero su voluntad se
quebró y cayó amodorrado junto a los otros.
En las
cárceles el aire confinado determinó más rápidamente la modorra
en los presos que en los centinelas que los custodiaban lo alto de
las murallas donde la atmósfera se renovaba, pero al final los
guardianes terminaron por ceder a la violencia del sueño que se les
metía en una "especie de aire verde por las narices" y se
dejaban caer al suelo. Este fue el origen de lo que se llamó el
perfume verde. Todos, antes de sucumbir a la modorra, teníamos la
sensación de que nos envolvía un torbellino suave, pero sumamente
espeso, de aire verde.
Las únicas que parecían insensibles a
la atmósfera del perfume clavel-petróleo eran las ratas, y fue la
única vez que se pudo asistir al espectáculo en que los roedores,
salieron de sus cuevas, atacaban encarnizadamente a sus viejos
enemigos los gatos. Numerosos gatos fueron destrozados por los
ratones.
A las tres de la tarde respirábamos
con dificultad. El profesor Hagenbuk, tendido en un sofá de mi
escritorio, miraba a través de los cristales al sol envuelto en una
atmósfera verdosa; yo, apoltronado en mi sillón, pensaba que
millones y millones de hombres íbamos a morir, pues en nuestra total
inercia al aire se aprecia cada vez más enrarecido y extraño a los
pulmones, que levantaban penosamente la tablilla del pecho; luego
perdimos el sentido, y de aquel instante el único recuerdo que
conservo es el ojo bizco del profesor Hagenbuk mirando el sol
verdoso.
Debimos permanecer en la más
completa inconsciencia durante tres horas. Cuando despertamos la
total negruda del cielo estaba rayada por tan terribles relámpagos,
que los ojos se entrecerraban medrosos frente al ígneo espectáculo
.
El profesor Hagenbuk, de pie junto a la ventana murmuró:
—Lo
había previsto; ¡vaya si lo había previsto!
Un estampido de
violencia tal que me ensordeció durante un cuarto de hora me impidió
escuchar lo que él creía haber previsto. Un rayo acababa de hendir
un rascacielo, y el edificio se desmoronó por la mitad, y al suceder
el fogonazo de los rayos se podía percibir el interior del edificio
con los pisos alfombrados colgando en el aire y los muebles tumbados
en posiciones inverosímiles.
Fue la última descarga eléctrica. El profesor Hagenbuk se volvió
hacia mí, y mirándome muy grave con su extraordinario ojo bizco,
repitió:
—Lo había previsto.
Irritado me volví hacia
él.
—¿Qué es lo que había previsto usted,
profesor?—grité.
—Todo lo que ha sucedido. Sonreí incrédulamente. El
profesor se echó las manos al bolsillo, retiró de allí una
libreta, la abrió y en la tercera hoja leí:
"Descripción
de los efectos que los hidrocarburos cometarios pueden ejercer sobre
las poblaciones de la Tierra."
—¿Qué es eso de los
hidrocarburos cometarios?
El profesor Hagenbuk sonrió
piadosamente y me contestó:
—La substancia dominante que forma
la cola de los cometas. Nosotros hemos atravesado la cola de un
cometa.
—¿Y por qué no lo dijo antes?
—Para no alarmar a la gente. Hace
diez días que espero la ocurrencia de este fenómeno, pero..., a
propósito; anoche usted se ha quedado debiéndome treinta tantos de
nuestra partida.
Aunque no lo crean ustedes, yo quedé sin habla
frente al profesor. Y estas son las horas en que pienso escribir la
historia de su fantástica vida y causas de su no menos fantástico
silencio.